El destrato del que es objeto permanentemente el presidente de la República es por demás penoso. Que lo tolere y que venga de su propia fuerza política lo hace aún más lamentable. Es irrenunciable su obligación de defenderse no solo en lo personal sino también en lo que respecta a la alta investidura que ostenta. Debe hacerlo cualesquiera sean las circunstancias. En lo que a la investidura corresponde, es bueno el ejemplo que la historia tucumana, cuándo no, tiene marcado con letras de oro en su pasado. Está registrado en la “Historia Azucarera Argentina” (pag. 437) que el gobernador Juan Luis Nougués, electo por voluntad popular en 1932, marcó una conducta. Le costó el gobierno pero defendió a toda costa la investidura. Cuando las cuentas públicas empezaron a tener problemas cada vez mayores y se le agravaron vertiginosamente, intentó la imposición de un impuesto al azúcar que le complicó al extremo su situación política. El padre de Nougués, hombre de profunda raigambre con las familias azucareras tucumanas, con las cuales tenía lazos parenterales, entre afligido y abrumado por el cariz que tomaban los hechos, se dirigió con paso presuroso a la Casa de Gobierno. Entró al despacho de su hijo “como una tromba un caballero anciano, de arrogante figura y con enérgica voz le dijo: ¿Cómo has hecho esta locura, Juan Luis? Este impuesto de dos centavos nos arruinará a todos”. A pesar del inmenso afecto que tenía por su hijo, a quien con denuedo había apoyado en su campaña política, le reiteró vociferando la inconveniencia de lo que iba a hacer: “No debes tomar esa medida, estás gobernando en contra de los de tu clase”. Juan Luis se puso de pie y con sus dos manos sobre el escritorio le dijo: “Usted será mi padre, pero no puede hablarle al gobernador de Tucumán en ese tono. Mientras yo lo sea, nadie, ni siquiera mi padre se podrá dirigir hacia el gobernador de esa manera. Le ruego se retire”. Dignidad.
Horacio Ibarreche
avellanedacelia@yahoo.com.ar